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16.4.13

QUIERETE


Vuelven a ser las siete de la mañana, Laura seguía dormida entre sus suaves sábanas llenas de coloridos dibujos, esperando a que, una vez más, ese maldito aparato creado por el mismísimo diablo que descansa sobre su mesilla, volviera a arrebatarle sin piedad el único momento de las veinticuatro interminables horas de cada jornada en el que se sentía libre, sin cadenas en sus pies, manos o corazón, el único momento en el que la curva más bella de toda mujer alcanzaba su máximo esplendor.
Por desgracia, el principal verdugo de su autoestima, nunca fallaba, y esa mañana no iba a ser la excepción. Otra vez esa chirriante melodía asesina de sueños resonó por todo el cuarto aumentando por cada segundo su intensidad. Laura, pese a la resistencia que oponía su cerebro a ser devuelto a la realidad, salió de su nido de felicidad, y de un zarpazo, apagó aquel dichoso trasto. Una vez se hubo incorporado al mundo real, sentada en su cama, contemplaba aquello que, por malévola casualidad de la vida, era lo que más le hacía sufrir cada día, y sin embargo, lo primero que veía cada mañana y lo último que veía cada noche. Apretando fuerte el crucifijo que colgaba sobre su pecho, pensó en lo mal que se había portado Dios con ella y la de veces que lo había maldecido, pero segura estaba de que iría al cielo, porque si hizo a su hijo llevar una cruz tan pesada y acabar como acabó, a ella, que le había otorgado una cruz mil veces mayor, la acogería seguro en su paraíso celestial.
Le gustaba dejar pasar los minutos cada mañana hablándole y rogándole al espejo que todo fuera mentira, que aquella mujer casi adulta que veían sus ojos no era ella, pero este, en vez de darle la razón, siempre le respondía con su fiel reflejo, reflejo de una infancia entre burlas, reflejo de una cara rechoncha y cansada, harta de una sociedad cruel con aquellos que no entran en los cánones de belleza establecidos por empresas que solo piensas en su propio enriquecimiento sin importarles el bienestar de las personas, ya cansadas de ver en el cine y en sus televisores una pésima representación de la gente común.
Siempre era su tía, con la que vivía desde hacía diez años, la que le hacía salir de todos esos pensamientos vociferando su nombre desde la cocina y aclamándole que bajara a desayunar. Todavía recordaba el día en el que su tía fue a recogerla con lágrimas en los ojos diciéndole que sus padres se habían ido de viaje, y que pronto volverían, solo tenía que estar un par de días en su casa. Por desgracia, no fue así, sus padres nunca volvieron, y el par de días estimado, se había transformado ya en diez años. Ya no era una niña ingenua, sabía perfectamente cuál fue el destino de aquel viaje, por eso, mientras pasaba esos minutos de reflexión y autocompasión frente al espejo, los ojos de sus progenitores la miraban con cariño desde una foto situada en la esquina superior izquierda del mismo, quizás eso le daba fuerzas en algunas ocasiones, pero siempre tenía la sensación de que muy pronto los volvería a ver.
Su incansable tía seguía llamándola desde la primera planta de aquella inmensa casa, y no fue hasta la quinta llamada cuando por fin le respondió, alegando su ansia de cama.
Salió arrastrando los pies de su cuarto, dirección al baño, y otra vez, lo primero que vio al entrar fue su imagen y, abriendo el agua caliente, se acordaba entre dientes del genio que inventó los espejos y de su poca consideración con la gente que no le gustaba verse en ellos. El agua estaba hirviendo, pero a ella le daba igual, cada vez frotaba su cara con más fuerza, como si eso pudiera acabar con todos sus males. Viendo que con esto solo conseguía parecerse a un tomate, volvió a su cuarto de la misma forma con la que salió. Se desnudó, pero esta vez alejada de cualquier objeto que reflejara su figura, porque si poco le gustaba su cara, menos aún lo hacía su cuerpo.
Con cuidado, cogió la ropa que ya tenía preparada desde la noche anterior sobre el respaldo de su silla con ruedas, y comenzó a vestirse de nuevo. Un destello de felicidad iluminó su rostro cuando, al ponerse los pantalones, tuvo que apurar un botón más de su cinturón, y de repente se imaginó a ella misma comprando en los sitios donde lo hacían sus amigas, sin que su tía tuviera que llevarla a aquella tienda del centro en la que no se sentía tan acomplejada. Pero ni tan siquiera ese dulce detalle pudo alegrarle la mañana.
Como era habitual en su rutina diaria, una vez que ya se terminaba de vestir, comprobaba si tenía alguna notificación en las redes sociales, pero para no variar, ese día duró poco tiempo navegando por éstas, porque como todos los lunes, no podía soportar leer todos aquellos comentarios sobre impresionantes fiestas a las que nunca era invitada. Si le dolían los comentarios, más lo hacían las fotografías, en las que veía como empezaban a surgir parejas, algo de lo que ella dudaba mucho que llegara a conseguir algún día.
Normalmente, hubiera pasado por alto todas las reflexiones que le surgían durante ese rato para evitar enloquecer, pero no ese día, ese día ya estaba harta. Como una flecha, se dirigió a su mesita de noche impulsada por la rabia y el ansia por poner fin a su sufrimiento, cuando abrió el primer cajón, rebuscó entre aquellos papeles y pañuelos envueltos en lágrimas aquel objeto que le salvaría de su condena y acabaría por fin con esa vida de lamentos y soledad. Sus dedos hallaron al final del cajón aquello que con tanto interés buscaba; la navaja Suiza que su difunto abuelo le regaló por su duodécimo cumpleaños para que le ayudara en un futuro tanto como a él le ayudó durante su periodo militar, lo que él no sabía es que aquel instrumento que tanta vida le había dado, iba a servir como guillotina de su única nieta.
Con la mano temblorosa y cascadas nacientes de sus ojos, se acercó la cuchilla a su muñeca, apoyándola en el pequeño espacio que quedaba entre dos pulseras que llevaba consigo desde el día de su Primera Comunión. Mientras presionaba cada vez más,  salieron de su boca todas aquellas plegarias que había ido acumulando a lo largo de la estancia en su odiada vida terrenal, y en aquellos pocos segundos, a modo de diapositivas mentales, vio pasar año tras año desde que nació, pero ninguna de éstas fue capaz de frenarle en aquel ataque terrorista hacia sí misma.
Justo en el preciso instante en el que su piel iba a ceder ante aquella mortal decisión, una corta melodía polifónica rompió el silencio de la habitación. Sin alejar demasiado la navaja, Laura cogió su teléfono de encima de la mesita de noche, donde todavía se podía contemplar el  revuelto formado en aquel cajón entreabierto, y para su sorpresa, era un mensaje. No solía recibir mensajes, y cuando lo hacía, siempre era alguna compañía teleoperadora que había decidido que sería ventajoso para ella contratar los servicios que ofrecían y malgastar su dinero a cambio de que ellos pudieran estafarle desde el cariño, pero esa vez no fueron aquellos ladrones, esa vez era un mensaje en el que pudo leer: “¡Buenos días cariño! Espero que hayas dormido bien y recuerda que esta tarde tenemos entradas para el cine ¡no me falles! ¡Besos!”. Era Inma, su mejor amiga de la infancia, la persona con la que más conversaciones y mejores momentos había vivido, a pesar de que había pasado mucho desde la última vez que se vieron debido al tiempo que le ocupaban los estudios a ambas. ¿Cómo podía haber sido tan egoísta? Se iba a marchar sin despedirse y además, la iba a dejar sola en aquel cine que solían visitar el primer lunes de cada mes porque era el día en el que las entradas estaban reducidas de precio, le iba a abandonar después de tantos años y de todas las veces que aquel tesoro de la humanidad le había ayudado en los peores momentos de su vida. En ese preciso instante, Laura se dio cuenta que aunque a veces creamos que estamos solos en este inmenso y extraño mundo, y que no existe nada por lo que luchar ni nadie a quien le importe nuestra existencia, siempre aparece alguien que te demuestra lo contrario.
Lentamente, fue separando el arma blanca de su muñeca y aun conservando la sonrisa que de forma espontánea había aparecido en su cara, miraba la pantalla de su teléfono agradeciéndole a su amiga aquello que había hecho, porque aunque ella no lo supiera, le acababa de salvar la vida. Fue entonces cuando comprendió que no importa lo que digan los demás, no importa que sus cortas mentes no te respeten o no sean capaces de aceptarte tal y como eres, porque las personas que realmente te deben de importar son aquellas que en vez de piedras e insultos, lanzan palabras de comprensión ante problemas tan graves como el suyo. Si cada una de las personas, por llamarlas de alguna manera, que tanto le habían amargado, se hubieran comportado como Inma, esa mañana no se habría ni siquiera planteado coger el cuchillo, y no habría malgastado tantos años de su vida en esconderse de la realidad.
Con el corazón a mil por hora, consciente de lo que habría sido capaz de hacer hace unos segundos, cayó rendida en la cama, y brotaron de nuevo lágrimas de sus ojos, pero esta vez eran una mezcla de felicidad,  por haber recuperado las fuerzas para seguir batallando, y lástima, al pensar cuántas personas habrían perdido su vida por no recibir un mensaje que le abriera los ojos a tiempo. 

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